Me despierta el sonido del nombre de una emisora que sale del inmenso parlante de los
vecinos de abajo.
Cuando paso por la sala, rumbo a la cocina, pienso:
“El morro de ropa limpia ahora es más alto que yo.”
Escucho a los vecinos bullosos, en medio de los chistes de la radio, decirse que se quieren mucho, y cosas así: “¡¿Cómo amaneció mi vieja hermosa?!”. Y por eso mismo, los respeto y les perdonó su estruendosa manera de ser.
Mientras tomo mi tecito, miro a Medellín ser barrida de sur a norte por una cortina de varios kilómetros de lluvia. Pienso (pienso mucho) que así sea un poco, la ciudad será exculpada de todos sus pecados.
Desde que llegué a Medellín hace 25 años, esta ciudad y sus habitantes me han humillado, golpeado, excluido, robado y marginado, pero también me han enamorado, abrazado, respetado, educado y protegido. A Medellín, como a mis vecinos, la perdono también, porque a los habitantes de este valle a golpe de insistencia, nos termina gustando lo que tanto nos molesta.
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Me despierta el sonido del nombre de una emisora que sale del parlante de los vecinos de abajo.
Cuando paso por la sala, rumbo a la cocina, pienso: “El morro de ropa limpia ahora es más alto que yo.”
Escucho a los vecinos, en medio de los chistes de la radio, decirse que se quieren mucho, y cosas así: “¡¿Cómo amaneció mi vieja hermosa?!”. Y por eso mismo, los respeto y les perdonó su estruendosa manera de ser.
Mientras tomo mi tecito, miro a Medellín ser barrida de sur a norte por una cortina de varios kilómetros de lluvia. Pienso que así sea un poco, la ciudad será exculpada de todos sus pecados.
Desde que llegué a Medellín hace 25 años, esta ciudad y sus habitantes me han humillado, golpeado, excluido, robado y marginado, pero también me han enamorado, abrazado, respetado, educado y protegido.
A Medellín, como a mis vecinos, la perdono también, porque a los habitantes de este valle a golpe de insistencia, nos termina gustando lo que tanto nos molesta.
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Me despierta el eslogan de una emisora popular.
Cuando paso por la sala, pienso: “El morro de ropa limpia es más alto que yo.”
Escucho a los vecinos, a pesar de la radio, decirse que se quieren mucho y bla bla bla.
Mientras tomo mi té, Medellín es barrida de sur a norte por una cortina de lluvia.
Desde que llegué aquí, hace 25 años, esta ciudad me ha brindado de lo bueno y lo malo en proporciones iguales. A Medellín, como a mis vecinos, la perdono, porque en La Eterna nos termina gustando lo que tanto nos molesta.
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Acaban de salir los ganadores del concurso de escritura: Medellín en 100 palabras.
Los párrafos anteriores, es la forma en que llegué a un "cuento" de 100 palabras.
Porque creí que eran 1000 palabras, y no 100. Y me tocó escribir y reescribir. Es muy difícil decir algo poderoso con tan pocas palabras.
Es la primera vez que me animo a escribir después de mucho tiempo de estar en silencio.
Lo hice por ejercicio, obligándome casi a mandarlo (se me olvidaba la fecha, y la última noche lo mandé casi a segundos de cerrarse el concurso, y mis ojos, porque estaba con mucho trabajo y cansancio).
Más de 9000 personas participaron, mandando 12274 cuentos. El mío posiblemente quedó de 12274, pero para no dejarlo en un documento olvidado, lo pego por aquí, como memoria viva.

