Hay días que no quiero hacer nada de nada, como hoy que es domingo, y EPM, que lleva 3 meses abriendo huecos en el barrio para cambiar las tuberías del acueducto, madrugó a seguir abriendo más huecos, y no me dejó dormir lo que quería.
Hay otros días donde solo quiero ver series o películas. O como las última semanas, lo único que he querido es leer y leer. Por eso no he vuelto a pasar por aquí, porque más que escribir, quería leer.
Tengo como 3 post dando tumbos en mi cabeza, y no sé cuál sea mejor escribir ya para que no se me olvide.
Ayer que iba en tranvía, pensé que hace un año y medio (largo) decidí comprar moto porque estaba cansado de los tumultos, de los empujones y de los cierres intempestivos del Metro. Me mamé de caminar y sudar, y decidí, pese a la persistencia del vértigo que me acompaña ya como 13 años (que no es el vértigo clásico donde el mundo se mueve, sino uno especifico, de miedo a las alturas y a las velocidades), me compré una motico pequeña y hermosa, con la que aprendí a dominar el clutch y con la que he toreado grandes trancones y me librado de días caóticos.
Y como compré también un lotecito en el pueblo donde me enamoré o mejor, enamoré a la negrita (porque yo ya venía enamorado hace rato), y las subidas y bajadas como gitanos en la motico, y la lluvia, y el cansancio en todo el cuerpo, me hizo pensar que era hora de comprar un carrito de segunda que nos ayudará a ir y volver cómodos, y sobre todo, bien cargados.
Y claro, cuando ya tienes varios transportes (el carro no lo manejo porque aun no he querido hacer el curso), y ahora no vivo en la pequeña guarida donde llegué corriendo casi para salvar mi vida, sino que vivimos en una casa más amplia, mejor ubicada, fresca y silenciosa (lástima EPM), mi vida evidentemente ha tenido variado cambio en poco tiempo, siento, para bien y para mal, que claro, me he aburguesado un poco. Ya era hora. Más de 25 años de estudios y camello sin descanso han dado alguito de frutos.
Tantos años en la resistencia y en los combates, por supuesto que te hacen sentir extraño cuando dejas las armas y abrazas la comodidad. Todos estos cambios que cuento, han sido llevado a cabo de forma lenta. Nada de ser excéntrico y escandaloso. Pero lo paulatino no quita que te aburbujes. Que una capa de protección te aislé del mundo cotidiano.
Por eso, los días de pico y placa y de trabajos donde debo salir muy tarde (y tal vez ya he fumado y tomado algo) decido que la ida, mínimo, sean en transporte público. Eso me permite escuchar lo que habla la gente, me obliga a sentir con más rigor los tres climas de Medellín: El clásico: "Está el día muy lindo" que son los días primaverales; y los dos extremos que no nos gusta tanto a los habitantes de este valle: "Está lloviendo a cántaros." o el agotador: "Está hirviendo la ciudad".
Esas caminadas por el centro, las filas eternas de acceso al metro, las subidas al Poblado y las bajadas por entre el barrio, me refrescan, me alegran, me pinchan un poco la burbuja en la que, lentamente me ando sumergiendo.
Y sobre todo, me permite ver que la señora que va al lado, mientras chatea con su familia y ve redes sociales, también mira un episodio de La Mesa de Trabajo (el de David Sanín que acaba de salir de Masterchef) y eso me ayuda a entender que tantas horas encerrado en la oficina editando, valen la pena, pues la sonrisa de una desconocida que vuelve a casa un sábado feliz, viendo algo que yo hago, me lo confirman.

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