lunes, 27 de octubre de 2025

Nos termina gustando lo que tanto nos molesta


Me despierta el sonido del nombre de una emisora que sale del inmenso parlante de los vecinos de abajo. Cuando paso por la sala, rumbo a la cocina, pienso: “El morro de ropa limpia ahora es más alto que yo.” 

Escucho a los vecinos bullosos, en medio de los chistes de la radio, decirse que se quieren mucho, y cosas así: “¡¿Cómo amaneció mi vieja hermosa?!”. Y por eso mismo, los respeto y les perdonó su estruendosa manera de ser. 

Mientras tomo mi tecito, miro a Medellín ser barrida de sur a norte por una cortina de varios kilómetros de lluvia. Pienso (pienso mucho) que así sea un poco, la ciudad será exculpada de todos sus pecados. 

Desde que llegué a Medellín hace 25 años, esta ciudad y sus habitantes me han humillado, golpeado, excluido, robado y marginado, pero también me han enamorado, abrazado, respetado, educado y protegido. A Medellín, como a mis vecinos, la perdono también, porque a los habitantes de este valle a golpe de insistencia, nos termina gustando lo que tanto nos molesta. 

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Me despierta el sonido del nombre de una emisora que sale del parlante de los vecinos de abajo. 

Cuando paso por la sala, rumbo a la cocina, pienso: “El morro de ropa limpia ahora es más alto que yo.” 

 Escucho a los vecinos, en medio de los chistes de la radio, decirse que se quieren mucho, y cosas así: “¡¿Cómo amaneció mi vieja hermosa?!”. Y por eso mismo, los respeto y les perdonó su estruendosa manera de ser. 

Mientras tomo mi tecito, miro a Medellín ser barrida de sur a norte por una cortina de varios kilómetros de lluvia. Pienso que así sea un poco, la ciudad será exculpada de todos sus pecados. 

Desde que llegué a Medellín hace 25 años, esta ciudad y sus habitantes me han humillado, golpeado, excluido, robado y marginado, pero también me han enamorado, abrazado, respetado, educado y protegido. 

A Medellín, como a mis vecinos, la perdono también, porque a los habitantes de este valle a golpe de insistencia, nos termina gustando lo que tanto nos molesta. 

 

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 Me despierta el eslogan de una emisora popular. 

Cuando paso por la sala, pienso: “El morro de ropa limpia es más alto que yo.” 

Escucho a los vecinos, a pesar de la radio, decirse que se quieren mucho y bla bla bla. 

Mientras tomo mi té, Medellín es barrida de sur a norte por una cortina de lluvia. 

Desde que llegué aquí, hace 25 años, esta ciudad me ha brindado de lo bueno y lo malo en proporciones iguales. A Medellín, como a mis vecinos, la perdono, porque en La Eterna nos termina gustando lo que tanto nos molesta. 

 

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Acaban de salir los ganadores del concurso de escritura: Medellín en 100 palabras. 

Los párrafos anteriores, es la forma en que llegué a un "cuento" de 100 palabras. 

Porque creí que eran 1000 palabras, y no 100. Y me tocó escribir y reescribir. Es muy difícil decir algo poderoso con tan pocas palabras. 

Es la primera vez que me animo a escribir después de mucho tiempo de estar en silencio. 

Lo hice por ejercicio, obligándome casi a mandarlo (se me olvidaba la fecha, y la última noche lo mandé casi a segundos de cerrarse el concurso, y mis ojos, porque estaba con mucho trabajo y cansancio). 

Más de 9000 personas participaron, mandando 12274 cuentos. El mío posiblemente quedó de 12274, pero para no dejarlo en un documento olvidado, lo pego por aquí, como memoria viva.

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